Ante la ausencia de EEUU los archirrivales Arabia Saudita e Irán iniciaron diálogos sin precedentes

“Cuando los ojos del mundo se centraban la semana pasada en reciente estallido de violencia entre israelíes y palestinos, otra historia de grandes proporciones se estaba gestando en Medio Oriente. Y es que la diplomacia parecía avanzar entre otros dos grandes antagonistas: el pasado 10 de mayo, el gobierno de Irán confirmó por primera vez públicamente que está dialogando con su, hasta ahora, archirrival: Arabia Saudita”, escribió en un atractivo análisis Ángel Bermúdez para la BBC Mundo bbc.com hace unos cinco días, y mientras Egipto intermediaba para poner el ya logrado “alto al fuego” entre el Estado de Israel y los terroristas de Hamas.

R. O. del Uruguay, lunes 24 de mayo de 2021 (Hs. 01:43 am)

El Análisis textual:

Durante 40 años ambos países han competido por tener la mayor influencia regional y por imponer en el mundo musulmán la supremacía de su propia rama del Islam (sunita vs chiita).


Arabia Saudita e Irán han vivido un largo enfrentamiento que algunos expertos han llegado a calificar como "la nueva Guerra Fría de Medio Oriente", apoyando a grupos rivales en los conflictos de Yemen, Líbano y Siria, entre otros.


"Esto es algo sin precedentes", dice Ayham Kamel, jefe del equipo de investigación sobre Medio Oriente y el Norte de África de Eurasia Group, a propósito de estas conversaciones que se están realizando, al menos, desde enero pero que habían sido mantenidas en secreto.

La primera pista de lo que ocurría fue ofrecida a mediados de abril por el diario Financial Times, que reveló que funcionarios de ambos países se habían reunido en Bagdad con miras a reparar su relación.


Aunque inicialmente esa información fue negada por Arabia Saudita, un par de semanas más tarde, el príncipe heredero Mohamed bin Salman, considerado como el gobernante de facto del reino, dijo en una entrevista en televisión que buscaba "una relación buena y especial con Irán".


Sus palabras causaron gran sorpresa. No era para menos, pues procedían de alguien que hace apenas tres años había dicho que el líder supremo iraní, Alí Jamenei, "hace que Hitler luzca bien".


Pero ¿cómo es posible un giro semejante?, ¿cuáles son las razones que han llevado a estos archirrivales a sentarse en la misma mesa en un diálogo directo?


Cambios en la política de Estados Unidos

Uno de los principales impulsos para el giro de la política saudita hacia Irán, procede de la nueva política de Estados Unidos hacia Medio Oriente: concretamente del deseo manifiesto del gobierno de Biden de reducir su implicación, sobre todo militar, en esa región del mundo.

"Un factor pesa más que todos los demás: las crecientes señales de que Estados Unidos se toma en serio la idea de cambiar su enfoque en Medio Oriente", señaló en Trita Parsi, vicepresidenta ejecutiva del Quincy Institute for Responsible Statecraft, un centro de estudios con sede en Washington, en un artículo en la revista Foreign Policy”.

Destacó que durante la campaña presidencial de 2020, el actual mandatario estadounidense se comprometió a retirar las tropas de Afganistán, a quitar el apoyo a Arabia Saudita en la guerra de Yemen y a buscar reincorporarse al acuerdo nuclear con Irán. Desde su llegada a la Casa Blanca, Biden ha seguido esa agenda.


"El factor que más impulsó a los actores de la región a seguir la ruta diplomática no es el compromiso de Estados Unidos de respaldar a Riad contra Teherán o alguna nueva iniciativa diplomática para la región. Más bien, lo que catalizó las conversaciones es exactamente lo contrario: las cada vez más claras señales de que Estados Unidos se está retirando de Medio Oriente", escribió Parsi.


Ayham Kamel, del Eurasia Group, atribuye gran parte del giro de Arabia Saudita a la nueva política de Biden hacia Irán.


"Creo que la política menos agresiva del gobierno de Biden hacia Teherán ha empujado a Riad a considerar estrategias alternativas para la situación regional y eso incluye la búsqueda de un nuevo marco para gestionar el tema de Irán. Eso, indudablemente, llevó a los sauditas a hacer nuevos cálculos", dice Kamel a BBC Mundo.


Explica que al ver que Estados Unidos está considerando con seriedad volver al acuerdo nuclear con Irán, Arabia Saudita no quiere quedarse atrás. "Ellos quieren hallar su propio marco para un desescalamiento con Irán, al igual que lo hace Washington por su parte", agrega.


La amenaza de la alianza con Israel

Aunque unas mejores relaciones con Arabia Saudita pueden favorecer el objetivo de Irán de lograr un acuerdo nuclear que derive en el retiro de las sanciones económicas y petroleras en su contra, Kamel señala que la mayor motivación para Teherán es otra: evitar el surgimiento de una alianza contra Irán en la región.


Durante los últimos años, el temor al programa nuclear iraní ha impulsado el acercamiento entre sus rivales regionales llevando a confluencias que hasta hace poco lucían impensables como la creciente alineación de las monarquías sunitas con Israel.


"Teherán sabe que su poder tiene limitaciones en la competencia con Arabia Saudita y no quiere ver el surgimiento en la región de una alianza coherente anti iraní. Ellos preferirían no ver la normalización de relaciones entre Arabia Saudita e Israel y que este esfuerzo (de diálogo) sirviera para convencer a Riad de no buscar esa normalización", afirma Kamel.


El reciente conflicto entre Israel y Hamás parece favorecer este objetivo iraní, pues el clima político en la región se ha tornado más hostil hacia Israel, llevando a Arabia Saudita a criticar duramente las "violaciones flagrantes" de los derechos de los palestinos y haciendo menos probable la normalización de relaciones en el corto plazo.


Una rivalidad costosa

Otro elemento que favorece el diálogo entre Irán y Arabia Saudita, aunque según los analistas tiene menor peso, son los altos costos económicos que implica esta confrontación permanente.


Aunque no se sabe con precisión cuánto gasta Irán en apoyar a sus aliados en Yemen, Irak, Líbano y Siria, estimaciones divulgadas en 2018 por David Adesnik, analista principal de la Fundación para la Defensa de las Democracias, un centro de estudios con sede en Washington, ubicaban ese monto entre US$15.000 millones y US$ 20.000 millones al año.