EEUU: progresión del voto histórico desde el Sur a Norte, desde el ejemplo del Estado de Georgia

El presente artículo es un resumen - despojado de ideología - sobre el voto histórico en las elecciones de los Estados Unidos tomando por ejemplo a Georgia. Contiene tecnicismos que a muchos pueden aburrir, pero que los analistas no podemos pasar por alto. Todo acto eleccionario tiene sus matices como este año es la pandemia o antes, la incursión del primer candidato de raza negra (para ellos es aceptada esa definición y no afro, etc.) Las nuevas tecnologías juegan un papel importante, pero como en Argentina existen generaciones que mantienen su voto Republicano o Demócrata, así como por éstas tierras sureñas votan Peronismo o Radicalismo y según los frentes.


Resumen

En este artículo se propone un estudio de la evolución de la participación del estado de Georgia en los procesos electorales en Estados Unidos, a partir de la posguerra y hasta 2012. Para ello se aplicaron métodos estadísticos y comparativos, utilizando la información obtenida de los sitios estadísticos oficiales, sitios independientes y observaciones sobre el terreno. Se determinó que la evolución de los subprocesos presidenciales y congresionales ha sido diacrónica. Se observó una tendencia a los reacomodos de fuerzas, apreciable en el comportamiento de los indicadores electorales, a tono con la variación de la composición étnica de la población del estado.


El sistema político de Estados Unidos es referente obligado para los ensayos en varios países y diferentes momentos históricos y, como tal, un objeto de estudios recurrente y difícilmente agotable en un futuro previsible. Entre las peculiaridades más significativas y de más larga data en la composición y funcionamiento de aquel país, se encuentra la diferenciación entre Norte y Sur. Las dos secciones, como se las llama en la historiografía y la politología estadunidense, tuvieron procesos formativos (en gran medida separados), que generaron estructuras sociales, económicas y de pensamiento muy distintas.

El factor más explícito de esa fractura fue durante mucho tiempo el problema de la esclavitud, base de la estructura productiva del Sur tradicional, pero abolida tempranamente en el Norte (Mason, Mathew, 2006, Genovese, Eugene D, 1989, Foner, Eric, 2011)


La historia contemporánea está llena de procesos políticos en los que la distribución territorial de las preferencias e intereses políticos de los ciudadanos estadunidenses ha estado muy claramente definida. En términos geográficos, la polarización permite trazar una frontera a lo largo de la línea que separó los estados esclavistas de los “libres” a partir del Compromiso de Missouri de 1820.


Con esas peculiaridades como antecedente, el estudio del desarrollo de las relaciones políticas dentro de Estados Unidos tiene necesariamente que considerar esas diferencias seccionales. En la actualidad se asocia el Sur con el Partido Republicano y el Noreste (el antiguo Norte) con los demócratas, pues tienen allí sus bastiones más importantes, como se aprecia en los resultados electorales; sin embargo, ésta es una realidad viva, resultado de una serie de interacciones y condiciones que cambian en el tiempo, a ritmos diferentes.


En este trabajo se propone una aproximación al estado de Georgia. Como parte del Sur tradicional, las construcciones identitarias propias de la región se encuentran presentes con gran fuerza en la conformación del ordenamiento social georgiano actual, y, sin embargo, no todo es tan simple como parece. Una observación algo más detallada descubre algunos matices interesantes. Se propone esta aproximación a ese territorio específico, pues por su historia y características puede considerarse una muestra representativa de ese Sur, y ahí se identifican algunas de las tendencias estructurales presentes en toda la región meridional.

Teniendo esto en cuenta, el objetivo trazado es explicar la evolución del papel de Georgia en el sistema político federal estadunidense, particularmente en los procesos electorales, desde mediados del siglo xx. A partir de ahí, me propuse identificar las tendencias más importantes de ese desarrollo, y relacionarlas con los factores demográficos, entendidos como condicionantes del comportamiento del electorado estatal.


Durante la investigación se utilizaron métodos estadísticos, comparativos e histórico-lógicos para sistematizar y sintetizar la información recogida. Se tuvo, además, la oportunidad de realizar observaciones directas y entrevistas relacionadas con el proceso electoral de 2012, lo cual enriquece considerablemente los resultados.


En el texto se utilizó intensivamente la información proporcionada por varias fuentes oficiales, como la Oficina del Censo de Estados Unidos. Otras fuentes no son oficiales, pero sí fidedignas. Los criterios expresados aquí son resultado del estudio de esos datos y de observaciones del autor sobre el terreno, que incluyen la recepción por el público de los mensajes de campaña y actitudes diversas, comprobadas también mediante el diálogo con especialistas y ciudadanos comunes.

Las elecciones y el colegio electoral

El sistema electoral estadunidense está sujeto a la condición presidencialista de la república, los fundamentos de su federalismo y el carácter indirecto de la elección presidencial. El jefe de Estado se elige por separado en elecciones específicas, donde los estados desempeñan un papel fundamental, por medio de los llamados colegios electorales. Para la rama legislativa, el modelo es de mayoría por distritos. Ello significa que el papel principal dentro de la dramaturgia política lo representan las figuras de los candidatos, con su imagen y su acceso a los medios, así como a las distintas formas de promoción. A esto debemos sumar la relativa debilidad estructural de las formaciones partidistas, las cuales actúan más como foros de coordinación entre grupos y corrientes políticas e ideológicas, que como organizaciones coherentes (Chhibber y Kollman, 2004)


Por tanto, dentro del proceso electoral a nivel federal existen tres subprocesos interconectados, cuyos resultados definen qué figuras ocupan los puestos elegibles: elecciones presidenciales, para la Cámara de Representantes y para el Senado.


En el segundo se renueva un tercio de los mandatos cada dos años, mientras que la Cámara Baja se presenta a elecciones en su totalidad cada vez. Los tres presentan rasgos comunes que emanan de los fundamentos organizacionales del sistema político como un todo, particularmente, la competencia entre candidatos individuales, lo cual implica la búsqueda de una legitimidad personal basada en el carisma, aunque el sistema en su conjunto posee una fuerte legitimidad legal. Todas las tipologías propuestas por Max Weber (1971: 170–241) se hallan en este sistema, pero considero que se articulan en torno a estas dos. Esto implica entender los pilares de la legitimidad como una combinación de factores con múltiples rasgos, incluyendo los identificados como subjetivos y objetivos. Dentro de los marcos de un muy consolidado bipartidismo, esto se expresa en la oscilación entre los dos extremos de ese dipolo.


Una de las especificidades más significativas del sistema electoral estadunidense es la existencia del colegio electoral: un grupo de electores compromisarios seleccionados en cada estado, cuyos sufragios son los que definen el resultado de la votación por la fórmula presidente-vicepresidente.


El funcionamiento de esta institución y el procedimiento electoral a nivel federal están regulados por la sección 1 del artículo II de la Constitución, parcialmente modificado por la Decimosegunda Enmienda (de 1804). Están también recogidos y ampliados en el capítulo 1 del Título 3 del U.S. Code (2011). La otra modificación del proceso se introdujo con la Vigesimotercera Enmienda, aprobada el 3 de abril de 1961 (Hall, ed., 1992: ix-xxvi), en la cual se establece la creación del colegio electoral del Distrito Federal de Columbia, sede del gobierno federal.


Según estas disposiciones, cada entidad cuenta con un colegio, cuya membresía equivale al número de senadores y representantes que tenga en ese momento. Washington, D. C. cuenta con un número igual al que tendría si fuera un estado, con la salvedad de que el número no puede ser superior al del estado que menos tenga. Esas cifras se reajustan según los resultados que arrojan los censos decenales, sobre cuya base se redistribuyen los cuatrocientos treinta y cinco puestos de la Cámara de Representantes, de acuerdo con el principio de al menos un representante por estado y una fórmula de prioridades para la ubicación de los escaños a partir del número cincuenta y uno, aprobada por el propio Congreso. La definición de los distritos electorales es resultado de otro proceso, que históricamente ha priorizado el principio espacial y no el poblacional, lo cual favorece a las áreas de menor densidad poblacional y, por tanto, otorga cuotas considerables a las zonas rurales, las cuales quedan sobrerrepresentadas en el Legislativo federal (U.S. Census Bureau, 2010a)


Como se aprecia claramente, el modo de elegir al jefe de Estado y su sustituto constitucional está organizado según un modelo de más de dos siglos de antigüedad. Dicho modelo establecía una votación indirecta, en la cual el voto popular, inicialmente reducido, sólo era importante en la selección de los compromisarios, quienes poseían capacidad de decisión. En la práctica, esto último ha variado en el tiempo, hasta convertirse actualmente en un paso meramente formal, pues el resultado final es conocido desde que finalizan las elecciones en el estado, aunque queden espacios para algunas sorpresas.


¿Cuál es el sentido, entonces, de mantener esa estructura? En ello confluyen varios factores: el primero proviene de su introducción, en los orígenes mismos, y es la protección de la relación de poder en la sociedad.


La Convención de Filadelfia, convocada en 1787, era básicamente una reunión de comerciantes, hombres de negocios, plantadores, abogados, presidentes de colleges, en total cincuenta y cinco delegados de doce de los trece estados originales (excepto Rhode Island), representantes de la elite de la sociedad estadunidense. En esa cifra se contaban figuras como Alexander Hamilton, James Madison y James Wilson; mientras se encontraban ausentes por diversos motivos otros como Thomas Jefferson, John Adams, John Jay y Samuel Adams (Foner, 2011: 267–271; Morrison, Commager y Leuchtenburg, 1987: 155–169; Franco, Fernández y Lorenzo, comps., 1996: 67–94). Los fundadores de la federación eran conscientes de la existencia de múltiples divisiones en la sociedad, fragmentos que eran resultado de las diversas condiciones de los individuos, que ellos asociaban con la propiedad.


En su criterio, el gobierno federal debía coordinar a estos grupos en pro del bien mayor, para lo cual tenía que estar en manos de los más capacitados, ergo, debía ser controlado por una clase o sistema de clases dirigentes (Hamilton, Madison y Jay, 1961). Este pensamiento se asocia directamente con la formación de lo que Mills (1957) llamó “elite de poder”.

En la actualidad, si bien el papel individual de los compromisarios prácticamente ha desaparecido, su existencia introduce una distorsión del voto popular que, de